Antecedentes a la masacre de Allende

Antecedentes a la masacre de Allende
Antecedentes a la masacre de Allende

Colombia está a 257 kilómetros de Monterrey. Colombia es el nombre que otorgó el gobierno de Carlos Salinas de Gortari a una comunidad creada en 1992, para devolverle a Nuevo León un pequeño trozo de la frontera de México con Texas, cuya mayor extensión comparten Tamaulipas y Coahuila. Al llegar a Colombia, Nuevo León, hay que tomar La Ribereña, una carretera angosta que recorre la orilla del Río Bravo desde el lado mexicano. Al este quedan Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros; al oeste están Guerrero, Piedras Negras y Ciudad Acuña.

Lo primero que hay al oeste de Colombia —aunque suene raro porque aquí no hay mar— es un Puesto Naval de Seguridad. Decenas de casas de campaña apostadas a la orilla de la Ribereña fueron colocadas por la Marina Armada, que reforzó su presencia desde 2012. Infantes marinos nacidos en Tabasco, Campeche, Veracruz y otros estados tropicales acampan o hacen guardia en trincheras colocadas en medio del monte. Otros revisan a los escasos transeúntes de este camino en el que se han reportado decenas de enfrentamientos entre convoys del narco y de las fuerzas oficiales entre 2010 y 2013, aunque son todavía más los combates que no han trascendido públicamente. Lo que sigue después del Puesto Naval es más monte vapuleado por el sol que aún en invierno azota las yucas y los huizaches de la vegetación. De vez en cuando aparecen letreros anunciando la entrada a ranchos como La Dueña, San Isidro, Los Apaches, La Burra, Arroyo Seco y Don Óscar. También hay construcciones en ruinas de organismos públicos o privados con las paredes agujereadas por balas. Si la Ribereña es ocasionalmente un campo de batalla, los ranchos aledaños pueden ser zonas de abastecimiento, entrenamiento, trasiego o panteones clandestinos. Pareciera que muy pocas veces son ranchos comunes de siembra y cría de ganado.

Durante el operativo especial, la Subprocuraduría encontró cuatro tambos industriales y varias prendas de ropa carcomidas por la intemperie en un predio a la orilla de la Ribereña, a la altura del municipio de Guerrero. Estas barricas son improvisadas como hornos crematorios por la mafia de la región para desaparecer los cuerpos de sus víctimas. A los soldados les gusta usar metáforas gastronómicas en su narrativa. Si en Sarajevo se hablaba de las “carnicerías” orquestadas por Radovan Karadžić, a estas rudimentarias incineraciones Los Zetas las nombraron “cocinas”.

Unas cuantas casas de Guerrero son la única población asentada a la orilla de la Ribereña, entre Colombia y Piedras Negras. Por lo demás, nadie habita junto a este camino que por momentos parece un territorio de Marte. Los únicos humanos que se dejan ver de vez en cuando son unos tipos vestidos con trajes anaranjados que trabajan para Geokinetics, la compañía que explora la cantidad de gas esquisto (Shale) existente. Este hidrocarburo que aquí abunda oculto en las piedras y que hasta ahora no es explotado comercialmente puede generar electricidad. A partir de 2010, el gas esquisto ha tenido un auge, sobre todo en Estados Unidos, donde los especialistas lo llaman “el gas de moda” o “el gas del futuro”. Para poder explotarlo se necesitan dos cosas: permiso del gobierno mexicano y mucha agua. Con la reciente reforma energética, los permisos ya vienen en camino; en cuanto al agua, en la región de Los Cinco Manantiales, el agua es tan abundante como el miedo.

Mientras los hombres de anaranjado miran pacientemente este suelo en busca de piedras que permitirán un negocio energético en millones de dólares, los empleados de la Subprocuraduría también miran hacia la tierra, pero en busca de restos humanos que den sosiego a una región perturbada por la guerra del narco.

Tras recorrer 144 solitarios kilómetros de la Ribereña desde Colombia, Nuevo León, llegamos a Piedras Negras, Coahuila.

Add a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *