El miedo a Wikileaks

Una de las grandes fortalezas de la democracia es tener una voz independiente capaz de desafiar lo que el gobierno y las corporaciones están haciendo, dijo a Andrew Fowler, presentador de ABC News, Ken Day, el ex policía australiano que en 1991 arrestó a Julian Assange, el ex hacker más famoso del planeta.

Así se expresó el ex investigador de la Policía Federal Australiana sobre el fundador de WikiLeaks -que almacena de manera anónima y encriptada documentos que los gobiernos prefieren ocultar- el entonces joven a quien hace 20 años dejó al borde de la cárcel para purgar una pena de diez años por haber penetrado ilegalmente en la red de la telefónica Nortel.

“A un nivel muy alto yo respaldaría lo que él está haciendo para apoyar la transparencia y aunque siempre habrá peligros inherentes por la forma como se hace esto, me parece grandioso”, reconoció el ex cazador de Assange en el foro que Fowler organizó hace un mes en Nueva York, en el que Assange participó vía teleconferencia, pues sus abogados le recomendaron no viajar a EU, pues las autoridades de ese país lo buscan.

El pasado 5 de abril, Assange se convirtió en un poderoso enemigo de la administración Obama al difundir en Youtube un video secreto del ejército de EU donde unos jóvenes soldados a bordo de un helicóptero disparan contra un grupo de civiles en Bagdad, incluidos dos niños que viajaban en una camioneta cuyo conductor se bajó a auxiliar a un empleado de la agencia de noticias Reuters, que se encontraba herido.

El video muestra que los soldados confundieron el equipo de televisión de los reporteros con fusiles de alto poder y rematando a los hombres que estaban herido. La revista The New Yorker reportó el 7 de junio pasado que sólamente en Youtube, el incidente ha sido visto por más de siete millones de personas, y que WikiLeaks lo difundió también en una página especial, después que Reuters esperó mucho más de un año para obtenerlo de las autoridades estadunidenses.

Assange, que desde 1991 logró penetrar en las redes de información y protección de datos del Departamento de Defensa de Estados Unidos, quedó convertido en el involuntario protagonista de una novela de acción que se desarrolla en tiempo real en el ciberespacio y a través de la prensa y la televisión mundial.

“Agentes federales buscaron el pasado viernes a Assange en otro evento de hackers de Nueva York, en el que debía participar, para arrestarlo”, alertaban los twitteros en la página de WikiLeaks, mientras el diario The Washington Post anunciaba que 15 países, encabezados por EU, se comprometieron por primera vez a reducir la amenaza de una guerra ciberespacial.

Suelette Dreyfus, quien con apoyo del propio Assange escribió Underground, www.underground-book.com, sobre las hazañas de los hackers australianos, añadió que Assange sintió “un poder intoxicante” al entrar a la red militar más importante de EU: NIC.

El ex policía Day dijo en el panel de Fowler que la intromisión del joven Assange en Nortel -quien operaba bajo el seudónimo de Mendax- estaba alimentada por el ego, por el deseo de demostrar que era el mejor.

Dreyfus relata que el joven Mendax y sus compañeros Prime Suspect y Trax eran los mejores y que los tres jóvenes adoptaron el nombre de Subversivos Internacionales.

“Fue divertido jugar con su sistema… No causamos ningún daño, incluso mejoramos unas cuantas cosas. Por favor no llame a la policía federal australiana”, escribió Assange a los encargados de seguridad de Nortel, antes de ser arrestado por Day en 1991. Evidentemente, la petición fue contraproducente.

Para entonces, empezaba a agonizar la época en que los hackers australianos se dedicaban a explorar los nuevos espacios virtuales bajo la mirada de algunos técnicos de seguridad que simplemente los echaban del sistema. El auge de la telefonía atrajo a chicos que se alejaron del hackeo de aventura para hacerse adictos al robo de largas distancias y de claves de tarjetas de crédito.

Dos años antes, el 16 de octubre de 1989, cuando Dreyfus relata que Assange se esforzaba a sus 18 años por ingresar a The Realm, la cofradía de los mejores hackers, los australianos dieron su golpe maestro cuando sorprendieron a los técnicos de la NASA, de Maryland a California y de Europa hasta Japón, con un extraño mensaje de bienvenida en sus computadoras:

“Gusanos contra asesinos nucleares. Su sistema ha sido oficialmente wankeado. Ustedes hablan de tiempos de paz para todos, pero luego se preparan para la Guerra.”

Era el momento en que los activistas antinucleares de Florida deseaban interrumpir la cuenta regresiva de la plataforma de lanzamiento del Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral, para evitar el lanzamiento del transbordador Atlantis que llevaba a bordo la cápsula Galileo, alimentada con energía nuclear para poder llegar hasta a Júpiter.

Para los adolescentes australianos se trataba de una broma: “Nada es más rápido que la velocidad de la luz. para demostrarlo trate de abrir la puerta del refrigerador antes de que se encienda la luz”, decían las pantallas de la NASA.

Sin embargo, Ron Tecati, el ex gerente de ciberseguridad de la NASA, relató en el panel de ABC News, que la absoluta pérdida de control sobre las computadoras fue una experiencia devastadora: “Este tipo de ataque fue algo en lo que realmente nadie había pensado. Luego describimos estas cosas como un Pearl Harbor electrónico”, dijo.

Al final del incesante repiqueteo de los teléfonos que arrojaban los histéricos gritos del personal de la NASA que temía la cancelación del proyecto, los técnicos de seguridad descubrieron que el gusano no estaba programado para destruir el sistema. La normalidad volvió a la agencia espacial pero no así a los círculos de hackers australianos. La cosa iba a empezar a ponerse fea.

Hoy, a sus casi 40 años de edad, Assange, quien desde la adolescencia formó parte del grupo de exploradores cibernéticos de Melbourne, que durante la temporada de frío invernaban en sus recámaras acompañados de rudimentarias computadoras con las que penetraban en las redes más sofisticadas para conocer sus estructuras y leer los correos electrónicos de sus directivos, ya no pide a los agentes de seguridad que le den otra oportunidad. Ahora contrataca.

“La filtración es de manera inherente un acto antiautoritario. Es inherentemente un acto anarquista”, dijo el fundador de WikiLeaks a Fowler el pasado 22 de junio en el panel de Nueva York.

Su defensa, como ya lo hizo al exhibir al banco suizo Julius Baer como una entidad involucrada, entre otras cosas, en lavado de dinero, evasión de impuestos y el gran robo, fue revelar más documentos comprometedores que motivaron a la institución a suspender su demanda contra WikiLeaks.

Daniel Elsberg, quien enfrentó la persecución de los servicios de inteligencia y una demanda penal por divulgar Los Documentos del Pentágono, que exhibieron las mentiras del gobierno de EU frente a la guerra de Vietnam, advirtió en el foro de ABC News que la vida de Assange corre peligro.

Pero el fundador de WikiLeaks, que enfrenta el arresto de Bradley Manning, el joven oficial de inteligencia del ejército de EU que presumió al ex hacker Adrian Lamo ser el autor de la filtración del video de la muerte de los civiles en Bagdad, advierte que lo que le interesa es defender la integridad de sus fuentes, incluso por encima de su propia seguridad.

Lamo entregó a Manning a la policía por considerarlo peligroso para la seguridad de EU, pero Assange tiene 1.2 millones de documentos que prometen exhibir más mentiras del gobierno estadunidense

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