No Vacation Here por Rocio Cordoba Mayagoitia

Viajar a Nueva York no debe ser sólo un asunto de vacaciones ni de simple turismo, me dijeron. NY, La Gran Manzana, es más que un punto en el mapa o que una ciudad del mundo. A NY no se va sólo para conocer ni para visitar ni sólo para hacer compras, me advirtieron. A NY se viaja más que nada para ser parte de NY, yo pensaba. Hay todo un mundo de la cultura global que tiene el estilo de NY. La Ciudad, The Big Apple, lo real, su mito y su leyenda. El jazz, el rock, John y Yoko y West Side Story.

De poder decirlo con cierto dejo, espero, de Groucho Marx: se podría pensar que Nueva York es La Meca del estilo Nueva York del mundo al estilo NY.

Así encaré estas fiestas navideñas con mi familia en esa gran ciudad de la Unión Americana. Como un estudio personal del estilo NY en tiempos de nieve y Santa Clos. Quizá por eso mismo mi primera visita a NY me dejó con la sensación de que durante el fin de año esa ciudad cambia de personalidad, deja de tener su propio estilo y se convierte en lo que el mundo cree que debe ser NY en torno a la fiesta de año nuevo. Una máscara de NY. Que, para mi colmo, estuvo aterida de frío y con hielo casi sin nieve, resbaloso y peligroso por donde no fue nada fácil caminar.

No me impresionó lo grande de los edificios. Ni el ruido de las calles. Tampoco los aparadores. Sentí que faltaron luces y fiesta para lo que uno imagina debe ser NY en Navidad y en Año Nuevo. Me quedé con las ganas de sentir la auténtica poesía de NY, su diferencia urbana. Tan sólo estuve a gusto con mi familia por unos días.

La ??violencia simbólica? de NY la viví dos veces. Una, en una estación del Subway. Un tipo extraño y con ganas de molestar feo, se aproximó en el andén a mi hijo Ricardo. Para fingir, quiero creer, que lo empujaba a las vías del tren. El susto no fue para menos. Pero la cosa no pasó de allí. Locos de NY. Y la segunda vez fue caminando por las banquetas con hielo del frío invernal, una novedad para mi andar. Sin darme cuenta ni cómo, al dar un paso, comencé a patinar sin controlar mi movimiento, sólo el rápido gesto de mi hijo evitó que yo cayera en un hoyo con varillas de construcción de puntas afiladas. Fríos de NY.

Nada de lo que experimenté durante mi primera visita iguala a lo que todavía espero de NY. Para mí, Nueva York tiene un gran rostro: Andy Warhol. Y una poesía: Paul Simon. Lo mismo que un cine: Woody Allen. Todo a la sombra del Empire State y con las luces de Times Square. Todo ello lo tengo ahora como deseo de NY, pues mi primera visita no me lo dejó ver. Esta vez sólo vi una gran ciudad fría de comercial de TV. Quizá en el final de la primavera o comienzo del otoño sea más fácil encontrar el pleno estilo de NY. Será cosa de ver.

El único momento en que me encontré con el NY de mis expectativas fue en las visitas a los museos, sin duda alguna con el Met como centro excepcional. Un tesoro de imágenes de proporciones de Imperio Americano; aunque la velocidad de caricatura de Steven Spielberg de mis querubes postmodernos apenas si me dejó pensar lo que ellos acumularon en sus retinas como meros flashes fotográficos. Mi mayor delicia, por esta primera vez, fue la sala de pintura impresionista. Con el descubrimiento de las acuarelas de Degas, por propuesta de @eseMendiola.

Pero, como ya he dicho, esta vez, lo confieso, NY no fue tan amable y abierta como la pintan. Nada de su mito y leyenda encontré completo, ni en la comida ni en la música ni en la Estatua de la Libertad. Todo fue como una tarjeta de Navidad solamente, aunque nada de ello fuera incómodo ni desagradable. En esta mi primera visita a la ciudad me repelió el frío. Y la guerra. Me pareció en verdad insoportable ver que en medio de las fiestas por el nacimiento de Jesús el pacífico de Nazaret, el ejército norteamericano hiciera grandes alardes de propaganda para reclutar jóvenes en la guerra absurda contra Irak. Fue el colmo.

Ojalá todo sea diferente en una segunda visita.
twitter: @Rociotero

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