La OPINION de Manuel Bartlett Díaz

El debate sobre el voto anulado o voto en blanco se profundiza, más aún, es el único debate en la elección de la Cámara de Diputados federales.

El llamado a asistir a la casilla y anular el voto es un movimiento que ha calado. Se refleja en la discusión pública y en diversas acciones de contención.

Votar o anular el voto es el tema, más que votar por quién. La razón del planteamiento es el rechazo a la elección en general, el hartazgo, palabra que se repite: hartazgo de la ??clase política?, de la ??partidocracia?. La reacción a este sentimiento no ha sido negarlo, lo que significa reconocerlo, sino más bien descalificar la forma que se propone para expresarlo, la anulación del voto.

Paradójicamente se atribuye el impulso del movimiento lo mismo a la derecha que a una especie de anarquismo. Ambos perseguirían debilitar la democracia. La derecha para abrir paso a la dictadura, anular los aspectos positivos de la reforma electoral inacabada, y la anarquista por su eterna postura destructiva. Desde luego, es evidente que ha generado alarma en los defensores del statu quo, de ??legitimar? una elección que tiene asegurado el triunfo de la derecha por el contubernio de partidos. ??La Arquidiócesis condena al voto nulo por considerarlo antidemocrático?, y la Coparmex, grupo de demócratas impolutos, llama a votar para fortalecer a las instituciones. Se descalifica la anulación por ineficaz, porque no se computa, se pierde en el abstencionismo, fortalece el voto duro del PRI y del PAN, ya de por sí asegurado, desmoviliza.

Pero tan no es inocua que el IFE organiza foros para discutir el asunto, o sea, disuadir, y el presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado, Beltrones, organiza a toda prisa, con los coordinadores, una mesa para una ??nueva reforma electoral?, que promete solícito aprobar lo que reclaman los anuladores, lo que no han hecho ni harán voluntariamente. Televisa lanza un movimiento democrático ??imparable?: que los candidatos honestos se comprometan ante notario con la justicia. Como si no fueran unos y otros parte central del repudio que se expresa en el voto nulo.

Se finge la exigencia al gobierno de soluciones ante la crisis, tema ausente en las campañas para no molestar a los poderosos. La cúpula priísta, acusada de pasividad por gobernadores agredidos por el militarismo calderonista con fines electorales, ??rompe con el Ejecutivo?, por ahora, esperando que se comporte bien en el futuro.

Reacciones inútiles; lo que se repudia es el sistema electoral en su conjunto, inserto en un sistema de poder político en el que el Ejecutivo y el Legislativo son parte de un arreglo dominado por los intereses económicos nacionales y transnacionales. La partidocracia que se rechaza es el control que ejercen sobre las masas partidistas estos intereses que anulan toda participación democrática a través de ??liderazgos hechizos? que, apoderados de cuantiosos recursos, imponen candidatos, alcanzan acuerdos cupulares ajenos a sus bases y crean instituciones a su imagen y semejanza, como el IFE.

Intereses idénticos se alojan en el Congreso con liderazgos sostenidos con el control de recursos que corresponden a sus fracciones parlamentarias. No se rinden cuentas, nadie las pide. Ahí pulula la clase política que se repele, sin posición, acomodaticia, atenta a sus beneficios personales. Independientemente de candidaturas buenas, regulares, malas, el voto nulo es el rechazo a ese arreglo.

El voto nulo expresa la falta de legitimidad del proceso electoral y de los futuros diputados desde antes de la elección. Deberá complementarse con acciones populares posteriores que obliguen a la democratización. La oligarquía no lo hará motu proprio

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