La OPINION de Benito Nacif

Voto en blanco siempre ha habido. No sabemos exactamente cuál ha sido su tamaño. Se pierde en una categoría más amplia denominada ??votos nulos?, a donde van a dar las boletas en las que los escrutadores no pueden discernir cuál fue la voluntad del elector. El nivel más alto de ??votos nulos? se alcanzó en la elección intermedia de 2003, cuando llegó a 3.4 por ciento de la votación total.

Lo realmente novedoso es la campaña de promoción del voto en blanco. Nunca antes en la breve historia de la democracia mexicana se había invitado abiertamente a la anulación del sufragio. La descalificación de las instituciones democráticas había venido exclusivamente de la izquierda radical, partidaria del cambio a través de la lucha armada. Por primera vez, el rechazo generalizado a los partidos políticos se vuelve una posición ??políticamente correcta? en los medios de comunicación.

Desde luego, no hay nada ilegal con la anulación del sufragio. La Constitución establece que el voto no sólo es un derecho sino también una obligación ciudadana. Pero no dice nada respecto de sufragar por uno de los partidos o candidatos registrados.

Por otro lado, hay algunos aspectos positivos de la campaña por el voto en blanco que deben reconocerse. No promueve el abstencionismo ni la apatía política. De hecho, invita a la gente a la participación electoral, aunque de una forma peculiar. Concibe el voto nulo como un acto de protesta; un mensaje ciudadano de desilusión y hartazgo dirigido a los políticos de todos los partidos. Busca canalizar un sentimiento de rechazo a la política a través de una vía electoral.

Si el voto fuera una cuestión de sentimientos, no habría nada que discutir. Tendríamos que invitar al ciudadano a que ??suelte lo que lleva dentro de sí en la intimidad de la urna?. Pero votar tiene consecuencias que van más allá de la esfera privada. La forma en que nuestro vecino vota nos afecta. Por ello, está en el interés de la sociedad que el voto sea libre y razonado; sin amenazas ni coacción, pero tras una discusión abierta y desinhibida sobre sus consecuencias.

Si analizamos sus efectos, el voto en blanco pierde todo su atractivo. ¿Qué pasaría si la campaña llegara a tener éxito? Imagínese usted que tras la jornada electoral del próximo 5 de julio, el IFE reportara un crecimiento significativo del voto nulo. Los impulsores de la campaña pronostican que con ello se estaría dando ??el primer paso para la reconstrucción de la forma de hacer política en México?.

Cuesta mucho trabajo creerlo, por varias razones. El resultado relevante para definir qué candidato gana un distrito, repartir escaños de representación proporcional y definir qué partidos mantienen su registro es la ??votación efectiva?. Los votos nulos o por candidatos no registrados simplemente se hacen a un lado. Si estos dos rubros crecen, la votación efectiva disminuye. Con ello, se necesitan menos votos para ganar un distrito. Los partidos pueden mantener su registro y entrar al reparto de escaños de representación proporcional sin esforzarse en ampliar su base electoral. En suma, el voto nulo puede terminar siendo un voto a favor del statu quo.

En segundo lugar, no queda claro cómo se iniciará la reconstrucción de las instituciones políticas si el voto nulo no genera ningún tipo de mandato. Las propuestas específicas de reforma institucional brillan por su ausencia. Ciertamente, los promotores de la campaña han mencionado algunas ideas. Se ha hablado vagamente, por ejemplo, de permitir la reelección de los legisladores, introducir mecanismos de democracia directa, como la revocación del mandato, el referéndum y el plebiscito, abrir el sistema a candidaturas independientes, entre otras.

Sin embargo, detrás de la campaña por el voto en blanco no hay una plataforma común. Algunos políticos que hoy se suman a ella, hace apenas unos años votaron en contra de una iniciativa para permitir la reelección limitada de diputados y senadores. No queda claro que hayan cambiado de opinión al respecto. Pero tampoco hay consenso entre los conductores y comentaristas de los medios de comunicación, que se han convertido en los principales portavoces del voto nulo. Se unen en la protesta, pero, al igual que los políticos que critican, se dividen cuando se trata de encontrar soluciones.

Por otro lado, las propuestas que se han ventilado en columnas y tertulias políticas tampoco resultan novedosas. Muchas de ellas, si no es que todas, las podemos encontrar en las plataformas de los partidos políticos. Algunas son iniciativas que se encuentran en las comisiones del Congreso. Resulta comprensible la frustración ante la falta de los acuerdos políticos necesarios para aprobarlas. Pero dudo que anular el voto aumente la probabilidad de que suceda.

Finalmente, el voto nulo tampoco genera representantes encargados de promover las reformas. Sin representación no hay rendición de cuentas. Por eso creo que el voto en blanco es un mensaje en una botella, sin destinatario ni remitente. La ley permite hacerlo, pero no espere respuesta.

Los votos nulos simplemente se hacen a un lado. (…) Los partidos pueden mantener su registro y entrar al reparto de escaños sin esforzarse en ampliar su base electoral. En suma, el voto nulo puede terminar siendo un voto a favor del statu quo.

No queda claro cómo se iniciará la reconstrucción de las instituciones políticas si el voto nulo no genera ningún tipo de mandato. Las propuestas específicas de reforma institucional brillan por su ausencia

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