La OPINION de Jose Antonio Crespo

Ahora que afloran propuestas para eliminar parcial o totalmente a los diputados plurinominales, nos encoentramos ante una oleada de críticas, feroces algunas, contra la figura del legislador plurinominal. Lo que me lleva a pensar que algo tiene que ver esa gran capacidad nuestra para desvirtuar arreglos institucionales que han funcionado aceptablemente bien en otras latitudes. Se ha dicho que la representación proporcional sirvió para un momento transitorio, cuando la oposición era débil, pero como ha dejado de serlo (e incluso ha dejado de ser oposición), ya no es necesaria. Pero, entonces, ¿por qué y para qué existe esa figura en otras democracias perfectamente consolidadas?

A) Se critica, por un lado, que esos legisladores no son elegidos y, por tanto, no tienen la legitimidad suficiente. Bueno, sí son elegidos, pero bajo una fórmula distinta a la del legislador de mayoría relativa: el voto ciudadano determina cuántos plurinominales tocarán a cada partido. En ese sentido, sería absurdo señalar que, en los sistemas de representación proporcional pura, los legisladores llegan por arte de magia y no a través del voto ciudadano. Son elegidos, pero en circunscripciones amplias de representación proporcional (en algunos países, hay una sola circunscripción nacional).

B) Se dice también que los pluris no son representativos. Curiosamente, surgieron para mejorar la representatividad y pluralidad de la sociedad, pues permiten que partidos pequeños con cierta presencia coloquen a legisladores (pues en los sistemas puros de mayoría, las minorías, incluso con buen respaldo, difícilmente llegan al Congreso).

C) Pero los pluris también permiten equiparar el porcentaje de votos que obtuvo cada partido con el porcentaje de curules que le corresponde; es decir, hacen más fiel la representación ciudadana. En los sistemas puros de mayoría se generan niveles elevados de sobrerrepresentación de los partidos mayores (con la consecuente subrepresentación de los demás).

D) Como los diputados plurinominales que aparecen en los primeros lugares de las listas partidarias tienen asegurado su triunfo, independientemente (casi) de la votación que obtenga su partido (un ??pase automático?), no tienen que hacer campaña. Tampoco la necesitan hacer en esos términos los candidatos de sistemas puros de representación proporcional, lo que, en sí mismo, no los hace menos representativos ni menos democráticos. La racionalidad de esa fórmula es que los partidos puedan asegurar la llegada de sus principales cuadros, que en sus distritos podrían perder por predominar ahí algún partido rival. O bien, hay especialistas en ciertos temas, cuya presencia en el Congreso podría ser positiva (no sólo para el partido en cuestión, sino también en el caso del país), pero su perfil y personalidad les dificultan hacer campaña con éxito, y no son dueños de una retórica exaltada (que no necesitarán en las comisiones legislativas) y suele ser decisiva para obtener triunfos electorales (lo que no significa que no serían buenos legisladores, pese a ser pobres oradores). Por lo cual, no me parece mal esa fórmula. Lo malo es, desde luego, que en México se ha desvirtuado dicha racionalidad y sustituido por otra en que se garantiza el arribo al Congreso de cuotas partidarias, amigos o parientes de políticos influyentes, líderes corporativos, artistas o deportistas que jamás han pisado la política, y otros lastres que evidentemente no servirán de nada a la vida legislativa (salvo para cobrar sus jugosos salarios, aguinaldos, bonos y viáticos, pues, como bien dice la publicidad del IFE, ??ellos deciden en qué se gastan nuestros impuestos?).

E) He leído, incluso, que nuestro sistema de representación mixta (que combina legisladores de mayoría con otros de representación proporcional) es una más de nuestras aberraciones institucionales, que quizá cumplió una función transicional pero ahora estorba más que ayudar. Es decir, algunos piensan que dicha fórmula es orgulloso (o penoso) invento nacional, cuando fueron los alemanes, en la segunda posguerra, quienes la concibieron para combinar los beneficios de ambas fórmulas, reduciendo sus respectivas distorsiones y desventajas. Que los gobiernos del PRI (a partir de 1964) hayan utilizado esa fórmula con miras a prolongar la hegemonía de su partido (legitimándola, e incentivando a la oposición para no abandonar la arena electoral), no significa que no funcione bien en democracias cabales y consolidadas. Tan es así, que numerosos países han adoptado esa fórmula, por su equilibrio, como Japón (que tiene también 300 diputados de mayoría y 200 de representación proporcional) o Italia (con 75% de diputados de mayoría y 25% plurinominales).

F) Por la mala imagen de los plurinominales o la incomprensión de su racionalidad democrática y representativa, muchos proponen su eliminación radical, para quedarnos sólo con los de mayoría relativa, cuya ventaja esencial es su mayor cercanía y comunicación (o probabilidad de ello) con sus representados en una demarcación delimitada (300 distritos). Paradójicamente, dicha ventaja tiene sentido sólo si hay reelección consecutiva del legislador de mayoría. Por todo lo cual, además de reinstaurar la reelección consecutiva (con límites temporales, al menos de comienzo), yo propondría mantener la representación proporcional (al menos 100, quizá sin derecho a reelección) y eliminar la cláusula de sobrerrepresentación (para mejor equiparar votos con curules). Pero también se podrían abrir las listas de plurinominales al electorado (es decir, los votantes pueden marcar a quién desean ver en la Cámara), para reducir el amiguismo en los partidos y el ??pase automático? de los plurinominales, en cuyo caso esos candidatos podrían ser también sancionados o premiados en las urnas.

¿Por qué y para qué existe esa figura en otras democracias perfectamente consolidadas?

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