Testimonio de la inseguridad en Mexico

Por la importancia de este texto, ser√° el √ļnico todo el d√≠a, por su comprensi√≥n, MUCHAS GRACIAS

Recib√≠ este texto de manos de una amiga que la autora y yo, tenemos en com√ļn, al leerlo, primero sent√≠ ese escalofr√≠o de sentirme en algo que se llama “estado de indefensi√≥n“, luego en coraje y ahora, mas tranquilo, veo que lo mejor es estar preparado para cualquier tipo de situaci√≥n, conociendo los testimonios de otros.

He aquí la historia.

TESTIMONIO DE UN SECUESTRO (MIENTRAS LOS GOBERNADORES Y EL PRESIDENTE HABLAN Y PROMETEN)

El jueves 21 de agosto pasado me dieron un balazo entre el hombro y el cuello, muy cerca de la arteria aorta, me amagaron, me llevaron secuestrada, me robaron quinientos pesos, cuatrocientos huevos de gallinas que yo misma cr√≠o en semilibertad, mi reloj de pulsera, una cadenita de oro, una laptop, una carpeta con m√°sters de dvds que yo hab√≠a realizado, cds con softwares y dise√Īos de portadillas y un celular. Eran alrededor de las seis y media de la tarde. Iba yo hacia la ciudad de M√©xico por la carretera que va de Jalatlaco hacia el Ajusco. Ya cerca de donde est√° un letrero de Bienvenidos a la Ciudad de M√©xico, pasando una curva me encuentro con un coche estacionado y un hombre joven con boca y nariz tapada por un paliacate, los brazos estirados, horizontales, apunt√°ndome con una pistola peque√Īa color plateado, a unos veinte metros. Me echo en reversa, intento dar la vuelta en U y el hombre aparece junto a la ventana, apunt√°ndome y me ordena que abra la puerta y le d√© las llaves. Obedezco, me paso al asiento de junto y trato de salir huyendo cuando siento que me dan un golpe entre el cuello y el brazo, del lado derecho, y oigo a otro hombre que dice √°breme, y se sube en el asiento de atr√°s. Pasa un auto gris peque√Īo pero (por supuesto) no se detiene. ¬ģLos delincuentes ponen en marcha mi camioneta, una peque√Īa tracker. El conductor increpa al otro que por qu√© me bale√≥, el otro responde que porque quer√≠a yo huir, dice que la bala entr√≥ y no sali√≥. Yo creo que est√°n blofeando, tardo en darme cuenta de que la ventana derecha est√° completamente estrellada, y siento un hilillo de sangre. No me atrevo a tocarme pero ya s√© que s√≠ estoy herida, aunque no me duele (m√°s tarde, el anestesi√≥logo me dice que seguramente la bala colaps√≥ un nervio y eso evita que me duela). Me obligan a agacharme, pero puedo ver que mi captor toma por un camino ancho, de tezontle. Sigue por √©l y luego entra por otro estrecho, en el monte, dos huellas y hierba. Se detiene en un descampado. El del asiento de atr√°s, que me dispar√≥, se baja. El de adelante me ordena que me baje. Yo no quiero, pienso que me van a matar. El de adelante, que deduzco es el jefe y m√°s experimentado, me dice que no me van a matar. Abro la puerta para bajarme y de nuevo la pistola apunt√°ndome. Vuelvo a subirme a la camioneta. Me est√° apuntando tu amigo, le digo a mi captor. No le apuntes, y el otro dice, es que me est√° viendo, y yo: no te veo, si est√°s todo tapado c√≥mo te voy a ver, le digo exaltada. Salgo de la camioneta. Les pregunto qu√© quieren. Dinero, dice el jefe. Traigo quinientos pesos, le digo y los saco del bolsillo del pantal√≥n y se los entrego. Le digo tambi√©n que soy periodista, me preguntan que para qui√©n trabajo y respondo que soy independiente. El ayudante corre al auto y regresa diciendo: no es periodista. Tambi√©n les digo que trabajo en una organizaci√≥n ecologista. Le pregunto al jefe que qui√©nes son ellos, dice que terroristas de Ir√°n pero lo dice en broma, no suelta prenda. Me amarra los tobillos con una tela. Me ordena que ponga las manos atr√°s, antes me pide mi reloj y una cadenita de oro herencia de una t√≠a. Se las doy. Al apretar, la tela se rompe. Toman una agujeta de mi zapato y con eso me atan las mu√Īecas. El conductor me carga como un bulto. El otro saca varios montones de cartones de huevo de la cajuela, los coloca cuidadosamente sobre la hierba. Me avientan a la cajuela. Me ponen en la cara una sudadera roja, aterciopelada, con capucha, con jareta, con un letrero peque√Īo de Santander, que tra√≠a yo en el coche. La camioneta va por un camino rural, monte, pero no puedo ver. Despu√©s de dos o tres kil√≥metros se detiene. El delincuente que va manejando dice a alguien que est√° afuera del auto (refiri√©ndose a m√≠, supongo): trae bala. Oigo que se baja el que me dispar√≥. El tercero, que est√° afuera, ordena: regr√©sala, regr√©sala, regr√©sala. El conductor da la vuelta. En el radio se escucha informaci√≥n sobre la reuni√≥n de gobernadores y las declaraciones del presidente Calder√≥n y sus promesas de acabar con la inseguridad. Despu√©s de un silencio largo, de nuevo le pregunto a mi captor si me va a matar. Dice que no. Le digo que no le creo. Me lo jura por su madre, me dice que me va a dejar la camioneta y me va a dar las llaves para que me vaya. De pronto detiene el auto, abre la cajuela, me desata, me da las llaves de la camioneta y me dice que siga derecho hasta el Distrito. Yo arranco a toda la velocidad que puedo, miro por el espejo retrovisor c√≥mo se va mi secuestrador, caminando muy orondo con la capucha de mi sudadera en la cabeza. Me preocupa que hayan contactado con mi familia y la est√©n chantajeando. Me doy cuenta de que no se llevaron mis tarjetas de cr√©dito, del IFE ni la licencia. Busco el celular, s√≠ se lo llevaron. Y tambi√©n mi laptop. Antes de llegar a la carretera veo a un taxi con gente, disminuyo la velocidad y le pregunto al conductor por d√≥nde llego a M√©xico, me dice que al encontrar la carretera d√© la vuelta (creo que) a la derecha, y as√≠ lo hago. Hay mucho tr√°fico en la ciudad. Pasa como una hora antes de que logre llegar al Hospital M√©dica Sur. Estaciono la Tracker (sin vidrio del lado derecho, el que me dispar√≥ lo hab√≠a quitado hace mucho, supongo que para evitar suspicacias por parte de alguna patrulla que pudiera pasar). Entro a urgencias, explico que tengo una bala, que me dispararon, que me presten un tel√©fono para llamarle a mi esposo. Jaime est√° en casa, nadie le habl√≥ ni lo chantajearon. Le digo que estoy bien, que estoy en el hospital, que me roz√≥ una bala, que vaya. Me llevan en una camilla. Pido hablar con un agente del Ministerio p√ļblico, pues s√© que cuando hay un caso como el m√≠o el hospital tiene obligaci√≥n de reportarlo, y supongo (creo que as√≠ era antes) que siempre hay un agente cerca para tomar una declaraci√≥n. Por otro lado, como he le√≠do bastantes novelas polic√≠acas y visto pel√≠culas y programas de televisi√≥n de este g√©nero, s√© perfectamente (es muy l√≥gico) que las primeras horas despu√©s de un crimen son las m√°s importantes para atrapar al criminal. En mi caso, los datos de la carretera, el camino rojo de terracer√≠a, las huellas de la camioneta, los cartones con huevos, la sudadera roja brillante en manos del secuestrador (o en su cabeza), la laptop con marca y n√ļmero de serie (que tengo m√°s o menos a la mano), y con una Conferencia que estaba editando y otros muchos trabajos y registros fotogr√°ficos etc., que a poco de robarlos ten√≠an que estar con ellos, ser√≠an evidencia para atraparlos. Pero no hay agente del ministerio p√ļblico localizable. Pasan tres horas antes de que me lleven al quir√≥fano. Tras operarme para retirar la bala, el hospital env√≠a √©sta junto con un reporte a la delegaci√≥n Tlalpan dos. A la ma√Īana siguiente, mi cu√Īado y agente de seguros nos comenta que es necesario levantar un Acta para hacer efectivo el seguro que tenemos contratado con la compa√Ī√≠a que √©l representa. Llaman por tel√©fono al Ministerio. Nadie puede ir al hospital a tomarme declaraci√≥n. El reporte y casquillo de bala que enviaron los m√©dicos lo tiene seguramente alg√ļn empleado cuyo turno de veinticuatro horas termin√≥ en la madrugada y no regresar√° hasta cuarenta y ocho horas despu√©s (as√≠ son los turnos en el ministerio, seg√ļn nos enteramos azorados). Nadie en el Ministerio tiene acceso a ese reporte, si bien el hospital tiene una copia. Mi cu√Īado y mi hijo van entonces a la Tlalpan 2. All√≠ les dicen que tienen que ir a otra delegaci√≥n que est√° en el Ajusco. En √©sta, argumentan que adonde hay que declarar es en Tlalpan dos. Mi cu√Īado insiste, suplica, se enoja, rega√Īa y logra que le den un formulario que mi hijo llena declarando lo que le narr√©. Hay s√≥lo dos abogados, y finalmente un judicial acepta ir a tomarme una declaraci√≥n directa, pero tienen que ir en su patrulla. Suben los tres a la patrulla. Hay mucho tr√°fico. A poco de andar el auto se detiene: se le acab√≥ la gasolina, el judicial del turno anterior dej√≥ la patrulla casi sin √©sta. Mi cu√Īado y mi hijo se bajan a empujarla hasta la gasolinera. El judicial saca las monedas que tiene y pide sesenta pesos de gasolina, mi familia se coopera con otro tanto. Despu√©s de una hora llegan al hospital. Le digo al judicial que me da la impresi√≥n de que esos delincuentes operan all√≠, en esa zona del Ajusco, entre el DF y el Estado de M√©xico, le doy los datos que acabo de escribir arriba. Me dice que ya ha habido otras denuncias, que los secuestradores son de por all√≠, que la polic√≠a tiene retratos hablados de ellos. Y yo le pregunto: ¬Ņpor qu√© no los atrapan? Estamos tratando, responde sin convicci√≥n. Tambi√©n le pregunto si ser√≠a posible que recuperara mi laptop. Es mi instrumento de trabajo, y contiene informaci√≥n valiosa s√≥lo para m√≠. Uh, es muy dif√≠cil, responde, suelen venderlas en un tianguis muy grande que se pone los domingos por all√≠, o las llevan al Monte de Piedad. Pero si tengo el n√ļmero de serie√? El judicial niega con la cabeza (se le ve triste, impotente, derrotado de antemano). Me dice que me llamar√°n en la semana para que ampl√≠e mi declaraci√≥n, se despide y se va. Me pregunto si servir√≠a de algo que yo hiciera personalmente la investigaci√≥n, que fuera a buscar el tianguis que se pone √≠por all√≠√ģ los domingos, y con mi herida de bala que afortunadamente casi no me duele (pero estoy con suero, en el hospital, el cuarto con amigos y familia que llegan a visitarme). M√°s tarde prendo la tele, busco noticias entre la saturaci√≥n de programas sobre las olimpiadas.
Un dato m√°s, que olvidaba: si bien el secuestro ocurri√≥ en el Estado de M√©xico, decidimos no especificar esto pues nos advirtieron que en ese caso tendr√≠amos que ir a declarar a dicho Estado, a√ļn cuando no sabemos si adonde me llevaron era DF o no.
Como ciudadana, exijo:
– Que siempre haya disponible un agente del Ministerio p√ļblico para tomar declaraciones en hospitales.
РQue la policía se movilice inmediatamente después de una denuncia y de forma coordinada para buscar a los criminales. Las primeras horas después de un crimen son cruciales para encontrarlos.
– Que adem√°s de los criminales, busquen el cuerpo del delito.
РCapacitación a la policía, inspectores capacitados que puedan pasar de una demarcación a otra haciendo su trabajo, sin que se les obstaculice sino al contrario. Pienso que si los miembros de la policía leyeran y estudiaran novelas policíacas como la ya clásica mexicana de El Complot Mongol, de Rafael Bernal, o las de Paco Ignacio Taibo II cuyo protagonista es Belascoarán Shayne, las de el sueco Mankel que tienen al policía Wallander, las clásicas de Agatha Christie, el inspector Poirot, la serie televisiva inglesa Inspector Moore, etc., esto les ayudaría a levantar el ánimo y a entender la importancia de su trabajo.
– C√°rceles modelo en las que puedan rehabilitarse los criminales.

Quiero escribir también que estoy en contra de la pena de muerte, que no tengo deseos de venganza, que es necesario que estos delincuentes estén en la cárcel, que tengan una sanción ejemplar pero conforme a un Estado de derecho, cadena perpetua quizás, que trabajen en la cárcel para pagar los gastos que implica estar en una prisión, que se les rehabilite en la medida de lo posible, (en ciertos casos deberán permanecer encerrados porque son sicóticos peligrosos e incurables), que se haga investigación sociológica, sicológica, antropológica que permita conocer mejor cómo es que estas personas se convierten en criminales, qué pasa en esta sociedad. Ellos son el lado oscuro de ella, la sombra de una cultura y de un modelo político y económico inequitativo y generador de miseria que tiene que cambiar YA.
Por lo pronto, sugiero a quienes transitan por esta carretera que, repito, va, desde la ciudad de M√©xico, de la desviaci√≥n hacia Toluca por la carretera del Ajusco, hasta Jalatlaco y luego la continuaci√≥n de la Marquesa (yo ven√≠a al rev√©s, hacia el Ajusco). All√≠ operan los secuestradores impunemente (all√≠ tambi√©n). Es muy posible que al d√≠a siguiente de mi √≠episodio√ģ con ellos hayan vuelto a delinquir y tenga ahora secuestrado a alguien √Īsin bala, al menos en lo que les entregan un rescate.

A t e n t a m e n t e:
Marta Alcocer (videoasta, escritora, ecologista, amante de la vida y sumamente apenada por lo que ocurre en mi país).
Agosto 24 de 2008.

Una reflexión mas allá de la sencillez que se ve en las letras, lo he tenido que leer un par de ocasiones, para poderle no solo entender sino comprender aunque no puedo, dimensionarlo del todo.

La ley desde la ley, nadie por encima ni por debajo de la misma; pero aun las instituciones sino hacen su trabajo, sino tienen la capacidad técnica, los medios, el personal, etc. para cumplir su tarea, son parte del problema.

Alea jacta est… (la suerte esta echada)

A Marta, con mis oraciones por su salud.
A Vanessa, quien me ha compartido no solo la historia sino uno de sus proyectos y su amistad la cual atesoro.
Al pueblo de M√©xico; con mis horas de trabajo en el blog por las cuales casi suman ya, casi 4 a√Īos

A las autoridades, para que reflexionen, no por ser autoridades, est√°n exentas del crimen, sus omisiones, tarde que temprano les tocaran igual.

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